"El Arroyo Inmundo de la Vida Galante"
mayo 24, 2009
febrero 20, 2009
"Manifiesto futurista"1. Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad.
2. El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía.
3. La literatura exaltó, hasta hoy, la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso de corrida, el salto mortal, el cachetazo y el puñetazo.
4. Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la belleza de la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo... un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia.
5. Queremos ensalzar al hombre que lleva el volante, cuya lanza ideal atraviesa la tierra, lanzada también ella a la carrera, sobre el circuito de su órbita.
6. Es necesario que el poeta se prodigue, con ardor, boato y liberalidad, para aumentar el fervor entusiasta de los elementos primordiales.
7. No existe belleza alguna si no es en la lucha. Ninguna obra que no tenga un carácter agresivo puede ser una obra maestra. La poesía debe ser concebida como un asalto violento contra las fuerzas desconocidas, para forzarlas a postrarse ante el hombre.
8. ¡Nos encontramos sobre el promontorio más elevado de los siglos!... ¿Porqué deberíamos cuidarnos las espaldas, si queremos derribar las misteriosas puertas de lo imposible? El Tiempo y el Espacio murieron ayer. Nosotros vivimos ya en el absoluto, porque hemos creado ya la eterna velocidad omnipresente.
9. Queremos glorificar la guerra –única higiene del mundo– el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas ideas por las cuales se muere y el desprecio de la mujer.
10. Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo, y combatir contra el moralismo, el feminismo y contra toda vileza oportunista y utilitaria.
11. Nosotros cantaremos a las grandes masas agitadas por el trabajo, por el placer o por la revuelta: cantaremos a las marchas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas, cantaremos al vibrante fervor nocturno de las minas y de las canteras, incendiados por violentas lunas eléctricas; a las estaciones ávidas, devoradoras de serpientes que humean; a las fábricas suspendidas de las nubes por los retorcidos hilos de sus humos; a los puentes semejantes a gimnastas gigantes que husmean el horizonte, y a las locomotoras de pecho amplio, que patalean sobre los rieles, como enormes caballos de acero embridados con tubos, y al vuelo resbaloso de los aeroplanos, cuya hélice flamea al viento como una bandera y parece aplaudir sobre una masa entusiasta.
febrero 19, 2009
abril 27, 2008

La zorra y el motorizado
La zorra caminaba un día muy alegre por el hombrillo de la Fajardo, esquivando placas viejas de carros, latas de birra y perros abombados, cuando de pronto cayó con estrépito a su lado lo que parecía ser un motorizado atropellado. La zorra corrió a su vera y preguntóle preocupada:
Y el motorizado le respondió, sin parecer nada atontado:
-No mi querida zorra, no temas por este altercado, de lo que si me doy cuenta es “de que” a ti como que nunca te han asaltado, porque caíste como una coneja y esto es tremendo atraco ¡Vacía la busaca y pica de aquí los cabos!
-¿Quien eres tú? , preguntó el recogelatas…
-Soy una lata maravillosa, y si me recoges te concederé tres deseos diferentes.
-Porque la última vez que me habló una lata estuve tres días encanao, comiendo tierra e’matas y con un negro abrazao, así que mejor vas pa’l saco y asunto terminao…
abril 13, 2008

?
junio 20, 2007
"Mal-Dita"
Mal-Dita Von Teese
hiriendo hondo con su impalpable punzón de nieve, emasculando paquidermos con su pálido stiletto hecho de tuétano congelado
Dita, tatuada de llagas al hielo seco, un vehemente bochorno de encajes,
negro y violeta,navegado por las venas azulosas de un cadáver suculento de hematomas.
Blanca Papisa de la hiperclorhidria inguinal, Hijastra bastarda de la sucia candidez
Über-Lamia de marismas y burdeles, fragante a bunker, a naufragio yermo,
devastado.
Vagabun-Dita
Menstruando gelatinas de invierno con hematíes y semillas de granada por reventar.
La Von Teese:
Un mal recuerdo
digno de nunca olvidar.
Mal-Dita seas Dita, encore une fois.
® Sergio Márquez.
Mal-Dita Von Teese, musa-calavera para un demiurgo anémico, fría bengala del miedo, siempre allí, fosforeciendo;Arzobispal mitra post-humana que oficia negras eucaristías en la cérvix de una catedral atestada por maniquíes de leche condensada.
Mascarón de proa de las naves de la muerte, moldeada por extrusión en los subsumidos crematorios nevados siempre de osamentas.Dita, turbia diadema de alfileres de fibra de vidrio y muerta plata.
Tataraputanieta de Brunilda, Valkiria Maldita, velando siempre en capilla ardiente, con fatuo tenebrario de sopletes, su virgo de estaño y su verija de armiño y truenos por reventar.
Clavículas que son fosas desfondadas, espejismos de anémonas triunfantes.
mayo 22, 2007

El pozo séptico de la Gloria nauseabunda abre sus fauces y deja escapar, zumbando, a la vil sordina de acero. Los pequeños diablillos alados saltan de sus cubiles mientras baten Manhattans en sus cocteleras de estaño, vulneradas por espinas y silbatos. El Negro despliega sus alas portentosas de urraca del infierno, asumiendo su avatar del miedo, y las ramas de los cipreses extienden articulaciónes de clorofila para inyectar en sus venas la jeringa repleta del mercurio cárnico, ordeñado de las tetas esmirriadas de las brujas creoles. Canibalismo refinado engalanando los banquetes sincopados, kilovatios telúricos en la tensión alta de la noche. El negro engulle las sombras y las transmuta en higos-hongos sonoros profusamente perforados. Tronos de bronce sostienen al rey hace mil años muerto, en tanto su reflejo burila las templadas ventanas de un frío loft de invierno. Laberintos de luz y sombra y caracoles babeantes, que susurran por entre los portales de hiedra y ascienden en los montacargas quejumbrosos, con su crujido modal, su rugido atonal, su melaza y sus limaduras, su maleza de hierro, enhiesta en la ceremonia agónica de la garganta, gruta metálica poblada de murciélagos, arsenal recamado de gritos que trafican en cordilleras bordadas por parituras compuestas de mullidos terremotos. Amén, Miles, Amén.

® Sergio Márquez.
mayo 03, 2007

de grito
templado
hacia arriba
las Poleas
(miles de ellas)
hacia abajo
los Tendones
Hundidos
hasta el centro
de la tierra
Wolkenkratzer
Pararrayos
del inframundo
camuflado
en el azogue
de su carne
hipercristalina
Gratte-ciel
de vidrios
condenados
obligado
a transmutar
cadenas en
guirnaldas
masculinas
Aún circula
por su deseo
—El de la ciudad—
Que es impuro
y vertical
y refulgente
como la
traición
y su electro
cardiograma
de rascacielos
Sergio
abril 25, 2007

(Este post inuaguró el Arroyo hace ya un par de años. Pensaba dejarlo dormir el sueño de los justos en el fondo de esta página, pero últimamente ha provocado una serie de comentarios que al fín hacen algo de justicia al espíritu que lo vió nacer: el de sacarle la piedra a todos los estúpidos que siguen creyendo en la pervivencia de este mito llamado Venezuela. Sus bellas mujeres, sus hermosas playas, la calidéz de su gente, las arepas y el beísbol son algunos de los zancos que sostienen el frágil andamio de esta mentira de país. En la medida en que no intentemos comprender las perversiones que nos aquejan estaremos eternamente jodidos, incapacitados para resolver el acertijo de la ineficiencia y la miseria ideosincrática que nos estigmatiza como cultura. A dos años de su primera publicación, he querido rescatarlo,aumentado y corregido (ha crecido lentamente en este tiempo), invirtiendo su orden cronológico, para intentar quizás entender su insidiosa progresión y descifrar su posible utilidad como espejo y como mapa. Ojalá sirva de algo)
-VENEZUELA ES LA SONDA EN LA GASTROSCOPIA DE KING KONG.
-VENEZUELA ES LA MIGRAÑA EN LA CABEZA DE TODOS LOS ALFILERES DEL MUNDO.
-VENEZUELA ES UN CANGURO CON GUANTES DE BOXEO HACIÉNDOSE LA PAJA.
-VENEZUELA ES COMO DOS MONJAS ALBINAS DEPILÁNDOSE LAS CEJAS MUTUAMENTE CON UNA PISTOLITA DE SILICÓN.
-VENEZUELA ES UN ATAÚD DE NIÑO HECHO DE PANELITAS DE SAN JOAQUÍN.
-VENEZUELA SON LOS LENTES DE RENNY OTTOLINA METIDOS EN GELATINA DE LIMÓN.
-VENEZUELA ERES TÚ, SOY YO Y TAMBIÉN ES SERVANDO Y FLORENTINO.
-VENEZUELA ES LA ANDROPAUSIA DE HUGO CARREGAL.
-VENEZUELA ES LA LOGIA MASÓNICA DE LOS TELETUBBIES.
-VENEZUELA ES COMO UN HUESO DE CHULETA CON SÍFILIS EN EL TUÉTANO.
-VENEZUELA ES UN JACUZZI BURBUJEANTE DE PIRAÑAS.
-VENEZUELA ES UNA VIRGEN ESTIGMATIZADA QUE CAGA TALLOS DE ROSAS Y RACIMOS DE MAMONES.
-VENEZUELA ES UNA ROCKOLA QUE NADA MÁS TOCA LUIS SILVA Y PIMPINELA.
-VENEZUELA ES UN CARTOCCIO DE PUPÚ.
-VENEZUELA ES LA SONRISA DE UNA MISS CON DIENTES DE MADERA. (Ronald Paredes)
-VENEZUELA ES UN PERROCALIENTE DE ANTIMATERIA.
-VENEZUELA ES UN ENANO CON BIGOTES HACIENDO PARALELAS.
-VENEZUELA ES LA CULEBRILLA QUE SE CIERRA SOBRE EL CUELLO DE ADRIÁN GUACARÁN.
-VENEZUELA ES UN TINAJERO DE SANGRE.
-VENEZUELA ES EL DUQUE DE ROCANEGRAS COPULANDO CON EL RELÁMPAGO DEL CATATUMBO.
-VENEZUELA ES UN GUARAPO FERMENTADO DE CHICLE TUTTI-FRUTTI.
-VENEZUELA ES DENGUE, DENGUE Y MÁS DENGUE.
-VENEZUELA ES UN PROFITEROLE PARLANTE DE TRES CABEZAS.
-VENEZUELA ES LA ÚNICA LICORERÍA GAY ATENDIDA POR SUS PROPIOS DUEÑOS.
-VENEZUELA ES UNA ORGÍA DE PELLEJOS.
-VENEZUELA ES UN FETO ABANDONADO EN UN ESTACIONAMIENTO DENTRO DE UNA CAVA DE ANIME.
-VENEZUELA ES UN FRENAZO EN EL INTERIOR DE LA CULTURA.
-VENEZUELA ES COMO ANDAR DESNUDO ENFUNDADO EN UNA SOTANA DE CUERO.
-VENEZUELA ES UN 747 LLENO DE OSOS PANDA ESTRELLÁNDOSE EN EL MAR DE CHINA.
-VENEZUELA ES LA CACHULOCA DEL TERROR.
-VENEZUELA ES UN “JUNQUITO ROLL”: ARROZ CON POLLO ENVOLVIENDO PERNIL CON SU TOPPING DE GUASACACA.
abril 11, 2007

Artie debía dinero. Más dinero del que podía o quería pagar, mucho más del necesario para evitar que la diabetes devorara una de las piernas de su hermana Lucy o para llenar la despensa con otra cosa que no fuera bourbon. Artie debía mucho dinero a hombres muy malos, y tarde o temprano debería pagar por ello. Pero Artie, como muchos que han aprendido a deber sin desarrollar cargo alguno de conciencia, pensaba menos en sus deudas que en si mismo (como si ellos y sus deudas no fuesen, poco a poco y lentamente, convirtiéndose en uno solo) Artie solía dilapidar su poquísima fortuna, ganada a fuerza de trasnochos y repique de baquetas, en sus dos únicas perversiones: baterías y bondage. Artie amaba hacer retumbar su colección de baterías cubierto en látex líquido negro, mientras tocaba "The Monster" -un compás al estilo de Buddy Rich, otro compás al de Krupa- sin poder ver y conteniendo agónicamente la respiración bajo el giganteco preservativo de cuerpo entero. Los hi-hat escobillados eran su fuerte, así como también le gustaba que fuerte y a contratiempo repiquetearan los látigos sobre sus nalgas y su espalda, cuando Mistress Dora, la Art Blakey de la sumisión, lo convertía en su redoblante de carne y hueso.
Los percusionistas del horror tocaron un día a la puerta de Artie, cuando ya no quedaba nadie a quien acudir, cuando las deudas ya no podían pagarse con otra cosa que no fuese sangre enrarecida. La jeringa en su brazo le anudó la lengua, mientras los verdugos virtuosos, a tiempo de swing , lo fueron tañendo como a un vibráfono hasta partirle todos los huesos del cuerpo. El movimiento final de estos estilistas encargados de cobrar, con bombos y platillos, el olvido monetario de Artie, consistió en un pasaje digno de ser registrado para siempre en la historia negra del jazz: con una horca formada por varias cuerdas de contrabajo (La Corbata Mingus, así la llamaban) lo colgaron del techo de vigas metálicas, le quitaron las medias húmedas, colocaron tres velas en el piso, y sobre ellas, un redoblante sin bordones. Lo suspendieron, obligándolo a posar las plantas desnudas de sus pies sobre el templado cuero, cada vez más caliente, cada vez más permeable a los baquetazos del infierno. Los pies de Artie percutieron su postrero y más genial solo de batería sobre esta tierra, confundido entre el placer y el dolor últimos, pensando en Mistress Dora, y en como solo dos compases de cuatro cuartos son suficientes para decirlo todo.
® Sergio Márquez.
febrero 23, 2007
"Cosas que saben a Jenna" Bombones rellenos de pus.
Lunares de malta fermentada.
Sombría mermelada de planta carnívora.
Azucenas gangrenadas.
Saliva plástica de crótalo.
Infusión hecha de imanes.
Albúmina de lobos castrados.
Trufas de letrina.
La fria sangre de los pájaros.
Gelatina biliosa de cangrejos.
El Humo mineral de las locomotoras.
Papillas inertes de berilio.
Sanguijuelas y pistilos.
Un rosario de estricnina.
Dulce grasa de leopardo.
Supositorios de jalea de membrillo.
Ponche negro de araucarias.
mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmEl sudor de las orquideas.
mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmLa sedosa verija de las dantas.
mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm® Sergio Márquez.
febrero 05, 2007
Bares II
-El Casa Almirall alguna vez tuvo el piso de tierra. Y butacas bajas de cuero verde, y un aparador de madera sinuosa y mármol blanco que encerraba licores tan antíguos como las barbas de Gaudí (las botellas más añejas, las más viejas del mundo, se amontonan en la última repisa, cerca del techo artesonado, con su costra dura de polvo y su foulard de telarañas. Mientras más las contemplo más quiero beber de esas ancianas, y me doy cuenta que el Casa Almirall me ha convertido en un gerontofilico de los alcoholes) Casa Almirall aún tiene todas estas cosas, pero en cierto modo son espejimos; ectoplásmas inanimados dejados allí para que la embriaguez pecaminosa siempre sea la misma, para que la dulce pesadilla nunca cese. En una esquina de la barra, una ninfa de roble intenta conservar la compostura, mientras ejecuta su "arabesque" maldito, de puntillas sobre un acantilado de vasos turbios. El Almirall es como una cueva: su resplandor de brea, que lo curte todo, se extingue inexorablemente a medida que sus fauces nos van engullendo. Allí besé en la boca a la mujer de otro hombre. Y también fue el primer bar (muchos otros le seguirían) que me regurgitó hacia la madrugada de Barcelona, hacia la estrechez vaginal, virgen hasta entonces para mi, de sus maltrechos callejones.

-Decadente. Solo ese adjetivo puede describir al Bar Marsella, que no esta en Marsella, Francia, sino en Barcelona, Catalunya. Algo, quizá ese lobo de sargazos tatuado en el hombro desnudo de uno de los camareros, murío allí adentro hace muchísimos años y nadie se ha atrevido a sacarlo a respirar el salitre negro de la noche. El Marsella huele a madera finamente apolillada, a flor submarina, a láudano quemado. Sus baños deben ser los más antíguos en los que haya meado jamás, y los espejos mate de sus muros son portales nigrománticos hacia otros mundos gobernados por el hada verde y su ejército de "hell angels" ataviados con blancos mandiles masónicos y chalecos de cuero de venado. En el Marsella, las niñas observan fijamente, mesmerizadas por la artemisa, como las etiquetas de las botellas cobran vida, y yo mismo pude ver, entre brumas, como una mujer dormida me veía desde sus párpados cerrados a cal y canto por el sueño. A cal y canto debería cerrarse algún día El Marsella, para que nada escape a su dentada trampa de aceite, a su mazmorra de aguardiente sulfurado. Yo fui ciego en el Marsella por unas horas, y pude ver como el nivel del mar subía tras los espejos y los murciélagos acuáticos nadaban hacia cualquier córnea que brillara, buscando libar la sangre verde esmeralda de los lagrimales de las vivísimas estatuas. Entre tanto, las bandejas cromadas iban y venían, repletas de copas de cristal y fuegos fatuos, levitando entre la penumbra. El Marsella es ese bar al cual no estoy seguro de querer volver.
enero 29, 2007

Rubias
agosto 27, 2006
Bares

-En París, Francia, existe un Bar llamado "El Duc des Lombards". Allí se va a escuchar jazz en soledad. No me malinterpreten. El "Duc", como yo le llamo, tiene su clientela, pero posee una extraña cualidad espacial que permite sentirse solo inclusive estando acompañado. Todo en el Duc parece estar a punto de derrumbarse a causa del paso del tiempo: lamparas destartaladas, papel tapíz de lineas verticales agrietado por el sudor condensado durante decadas, sillas de cuero verde trasnochado y un segundo piso vacio y habitado por fantasmas contribuyen a darle esa atmósfera de Bar de jazz a orillas del Purgatorio. Las sombras de los fantasmas se sientan en la escalera a escuchar un cuarteto que interpreta algo de Monk, y todos dentro del Duc sentimos como la cera de nuestra piel se derrite frente a las llamas negras y doradas del Infierno. En el Duc ví y oí tocar a Keith Jarret en una de sus noches ausentes de litio. Al Duc des Lombards se va a escuchar jazz, mientras la muerte cabalga las calles de París en su monumental carruaje tirado por enormes ratas violaceas.
® Sergio Márquez.
mayo 31, 2006
“Ayer vi un cuchillo perfecto tras el cristal de un aparador —templado nervio de azogue — y en su hoja intuí la promesa del crimen y el ansia infame por vaciar la entraña, latiendo. Y lo que vi fue la justa y acerada prolongación de mis deseos.
—Elegante— pensé, y para mi mayor desgracia lo observé durante demasiado tiempo.

Theobroma
Hoy, maduro, el cacao me arde en la memoria".
Vicente “Ayer vimos por primera vez a los zamuros. Sus negras dagas rajaban a lo lejos el sopor de la canícula. Hace tres días que mi hermano Vicente no aparece (tampoco ha vuelto el perro) y mi padre maldice sin cesar.Cuatro hombres salieron a buscarlos. Su ausencia (la de ambos) me reconforta. Ahora soy el único.
Se que nunca van a encontrarlos: sería como armar un siniestro rompecabezas.
Hoy, todavía, los zamuros siguen allí... negros, girando rigurosos como brújulas, señalándolos”.
Río AbajoContemplé durante largo rato el desorden de su nuca y tuve que decirle que la amaba. No hubo respuesta. Solo el torrente sordo mordiendo piedras y los remolinos turbios en mi mente y en el vértigo del agua.
abril 10, 2006

"El Gabinete del Dr. Scholl"
Ayer fui a “hacerme los pies” en las oficinas del nunca bien ponderado Dr. Scholl. Y ustedes se preguntarán horrorizados (ojo: siempre que uno se pregunta algo debe hacerlo con el más genuino estupor...): ¿Cómo es posible que yo, uno de los ejemplos más preclaros y brutalistas de masculinidad en pisar estas tierras del diablo (eso no lo digo yo, lo dice mi mujer) venga a reconocer, públicamente y a bocajarro, su afecto inalienable por una expresión tan supuestamente inequívoca de maricura descarada? Pues muy sencillo: la vaina es sabrosa. Pocas cosas hay en el mundo comparables a ponerse unas medias suaves luego de la “ablución-cirugía-extracción-raspada-desconchada-pulida-lijada-suavizante” que se aplica en el interior de estos misteriosos cubículos a nuestras máquinas de caminar: sientes que haz dejado atrás los últimos peores días de tu vida para comenzar de nuevo con tus pies cero kilómetros, vivos y etéreos dentro de su prisión de tela o cuero. Es tan sublime la experiencia, que se cae en la tentación de pensar: ¿Será este tipo de aberraciones hedonistas las que han conducido a imperios completos a la debacle y posterior desaparición? ¿Será entonces esto esa cosa fea que mientan pedo-filia? ¿Acaso sea esta autocomplacencia extrema (por lo de las extremidades) el catalizador para mayores y más indulgentes depravaciones que invoquen la decadencia, la pederastia, la lujuria, la barbarie y el advenimiento monstruoso del pecado en todas sus formas? ¿Ah?... Si así es... ¡pues bienvenida sea la caída! Aquel que no ha paseado sus ñames por uno de estos pseudo-asépticos cubículos (que tanto se parecen a un teatrito de marionetas, donde los pies serían los “puppets”) en los cuales conviven el placer y el minúsculo dolor, no ha escuchado ni siquiera la mitad, que digo la mitad, ni siquiera una ñinguita del sonido. Gracias, invisible y venerable Dr. Scholl, y gracias a tus fieles secuaces, que tratan lo más indigno de lo humano con la ceremonia de lo divino.
p.s: Si, esos ñames son los mios…
® Sergio Márquez.
marzo 28, 2006

“HINDENBURG”
marzo 27, 2006

"Alka-Seltzer Mon Amour"
(Mención de Honor en el "Premio de Cuento Policlínica Metropolitana 2005")
“Únicamente la esperanza quedó en el vaso, detenida en los bordes”
Hesíodo
Su rostro, vía láctea al revés, cielo blanquísimo salpicado por inciertos luceros de melanina, se desfiguraba aquella mañana sobre el cristal de la ventana de la cocina, empañado por los vapores de su respiración . Pensó, esa mañana, que aquel reflejo vagamente anfibio se aproximaba mucho más a la imagen que guardaba de sí misma que cualquiera de las viejas polaroids que imantaba contra el refrigerador (pensó que aquella mañana turbia, de seguro, también arrastraría niebla)
Las dos tabletas aún burbujeaban en el fondo del vaso desprendiendo su velo carbónico; la esencia de la reacción le tapizaba el paladar y el olor mineral del agua —que en ocasiones se asemeja tanto al de la sangre de los pájaros— corría desde el grifo abierto en la sala de baño, haciendo crecer estalactitas translúcidas en el interior de la habitación que domina la humedad. Una catedral de agua se elevó desde el surtidor del bidet, ascendente, y ella manipuló, confusa como siempre, las llaves de aquel exiguo trono de loza blanca. Sentada tal y como le enseñaron, recibió en su ingle la mano nerviosa del agua y sus mil dedos diminutos, manteniéndose allí, higiénica, la piel confundida con el enlozado, lo íntimo en húmeda vibración y el recipiente de vidrio en la mano, con la superficie del remolino analgésico ampollada por la eruptiva. Aquel era sin duda su momento preferido del día (un buen momento para el fin del mundo) uno de los muy escasos contenidos en la rutina que reconfortaban su soledad. El baño era para ella un lugar de antagonismos: allí convivían el asco y la perfección, los olores más abyectos y los perfumes más embriagantes. El agua era proyectada hacia arriba o hacia abajo, siempre inundando o escurriendo, succionada por virtud de la gravedad hasta el noveno círculo del infierno o elevada por aspersión hasta el regazo de los santos. Allí se representaban por igual tanto el bautismo del día como la inquisición del sueño, y se mojaba o se secaba la vida de acuerdo con el ánimo de su humedad (El espejo de un baño es el que conoce más secretos) En el palacio de las corrientes y las precipitaciones se ahogaban el prejuicio y la falsa moral del resto del mundo, allí se enjabonaban y también se enjuagaban los pecados domésticos invocando el sacrosanto misterio de sus tuberías. Además, alojaba una biblioteca tan extensa, que permitía leer con igual o mayor detenimiento la etiqueta de algún frasco de alcoholado que a Dostoiewsky, encharcando o lustrando el alma de acuerdo con las culpas evacuadas.
Escapó rápida de los mil aguijones de la ducha, deteniéndose frente al espejo para admirar la dignidad de su precoz decadencia. Procedió a colocarse polvos de talco —ya ni siquiera sabía por qué lo hacía, un año atrás, sin explicación, su cuerpo había dejado de sudar— se calzó aquellas ridículas sandalias y traspasó la puerta entreabierta (jamás cerraba totalmente las puertas, vivía en un mundo forjado para espiar, para ser acechada en la intimidad) Tras de sí, desnuda, suspendió una nube de talcos aromados, abandonando en el espejo el celaje fugaz de su nuca espumosa.
En la distancia, un puente con su alma tensa de acero se suicida, arrojándose al vacío abierto entre dos acantilados irreductibles. Lo contempla a diario desde la claraboya de la cocina e imagina que algún día lo vera cruzar ese mismo puente de vuelta a ella, imaginando que mientras el salva la estructura ingrávida los arcos se desploman, acompañados por el grito que se pierde y el hueso tronchado, y descansa entonces en la certidumbre de que él nunca regresará. Era más sencillo tratar de bordar el delgado hilo del sueño lustrando la venganza.
Un horno de cigarras fermentaba la tarde. El zumbido tejía esporas en el aire mientras ella inventaba máquinas veloces tras el sopor industrial de la siesta. De repente, le nacieron grillos en la tensión arterial del vientre y una certera pesadilla de mil pica hielos habitó su letargo. Las estaciones lamieron, una a una, las plantas de sus pies: Marzo con la lengua áspera del polen, Agosto y sus caballos de papilas y sudor, Octubre, con tristísimos labios amarillos, luego Enero y su saliva de esmeril; soñó en la fiebre del miedo, y cuando la verdad estaba a punto de serle revelada (la condición para que se cumpla la pesadilla es que no sea recordada al despertar) una artillería de granizo le apagó cigarrillos de escarcha sobre la piel. Despertó aturdida por la metralla de hielo y se refugió bajo el alero de la enramada. La vieja silla en la que rumiaba permaneció recostada contra la empalizada de madera, inmóvil, soportando los proyectiles de frío que arrancaban con cada impacto alguna esquirla de sus múltiples pellejos de pintura; el hielo dejaba al descubierto la historia de la silla: su infancia había sido la crudeza de la madre, madera joven, luego una mano de verde, luego rosa, amarillo, y ahora, en su vejez, una sabiduría policromada que ocultaba aquí o allá algún trauma escarapelado subido de violeta. El granizo se derretía rápidamente, cubriendo el solar reseco de columnas de vapor —la tierra sudando frío— y ella atravesó el baldío rompiendo en jirones el aliento denso de lo árido. Ahogó dos tabletas efervescentes en medio vaso de agua (como recomendaba el paquete), se despojó de las ropas húmedas, ropas curtidas, ropas casi de hombre, y se calzó la costumbre anacrónica de las sandalias: era la hora seca de los ventarrones, la hora muerta de esperar.
—Formula: Bicarbonato de Sodio 2 mg, Ácido cítrico 1.16 mg... Ácido Acetilsalicílico... 0.32 mg... Indicaciones: Como analgésico. Para el dolor... de cabeza y malestar estomacal... Alivio sintomático de algunas manifestaciones... del resfriado común, dolores musculares. Precauciones: Si persisten los síntomas consulte a su medico... En caso de embarazo use bajo indicación médica... No usar en régimen dietético de bajo contenido de sodio o úlcera péptica... Dosis: Adultos 2 tabletas cada 4 horas hasta un máximo de 8 tabletas en 24 horas. Personas mayores de 60 años, máximo 4 tabletas al día... Alka-Seltzer debe tomarse disuelto en agua... Debió haber leído aquellas indicaciones por lo menos un centenar de veces. Ahora tomaba probablemente unas catorce o dieciséis tabletas diarias, en ocasiones veinte. Algún día tendría que funcionar, desarraigarle aquello de adentro, aquel malestar ajeno, intolerable. Antes lo tomaba por el sencillo placer que le proporcionaba, placer de mundo pequeño, placer de hormiga y microscopio, pero desde hacía un mes lo ingería en exceso, adicta al fervor, narcotizada por el gorgojeo, en su afán de no continuar habitada por la angustia de aquella circunstancia. Por las noches caminaba dormida y raspaba con los dientes el friso de los muros, comiendo cal, desesperada.
El negro Maltés le compraba en el pueblo los paquetes, y los transportaba junto con los sacos de sal que usaba para conservar la vida efímera del hielo. Cuando quedo sola, la fábrica de hielo se convirtió en su único mundo: el se había marchado sin decir palabra, y junto a su madre tuvo que picar bloques, raspar escarcha y purgar turbinas en medio del frío artificial; Zoila murió pocos meses después cuando un bloque de hielo le partió la espina en dos al caer desde un depósito refrigerado. Entonces quedo sola, con el desierto rodeándola y la incertidumbre del puente colgando en la distancia. La maldijo entonces por haber muerto, y también por haber permitido tantas cosas (“Te toca así porque te quiere”... “El no te haría daño, es tu padre”... “Estas inventando mentiras... eso lo castiga Dios”...) Se hizo maleable ante la desgracia, abandonándose a la transparencia turbia de los bloques de hielo. Fue entonces cuando adquirió aquella expresión boreal ligeramente perturbadora, esa tristeza ambigua que solo poseen las bailarinas pobres que viajan en tren.
El cimarrón llegó esa tarde con catorce sacos de sal y seis paquetes de Alka-Seltzer; era ciego, así que confiaba el destino de la carga, y el suyo propio, a la fiel memoria de su mula y a la buena fe de sus clientes. Maltés terminó de descargar la carreta y ella le ofreció café mientras revisaba los paquetes de analgésico, preparó el pago y lo despachó rápidamente como era costumbre. El negro era el único al que recibía desnuda, solo con las sandalias puestas. Siempre tuvo la impresión de que él podía sentir su desnudez en medio de la oscuridad, y aquello la perturbaba tímidamente. Cuando estuvo sola colocó los paquetes en distintos lugares de la cocina y restauró en el vaso el nivel de agua y el número de pastillas; abrió la puerta de la nevera y se colocó frente a ella para hipnotizar al calor que merodeaba entre los fuegos.
La luz del refrigerador desgajaba en sombras cobardes los volúmenes de su cuerpo sin rebozo: el vientre un tanto engreído, los muslos en el betún de la penumbra, los senos proféticos y las caderas ligeramente abultadas bajo la luz fría, todo ahogado en el temblor huidizo de la esperma… su anatomía en cuclillas frente a la puerta entreabierta, sus piernas, muy parecidas a la puerta misma (debía sentir frío) y el brazo extendido evitando el terco retorno de esta; la axila como un pozo diminuto de oscuridad suspendida y la luz gélida aceitando todo lo que tocaba: debió ser entonces la mujer más desnuda del mundo, y también la más helada. El paquete de Alka-Seltzer sobre el refrigerador, el rostro invisible (un yunque frío dentro del estante de las verduras), aquellas nefastas sandalias de tacón bajo con plumón azul y plástico al frente (infames impostores de la seda y el marabú) que dejaban ver las puntas de los dedos como un atado de espárragos estrangulados; la insolencia del talón: todo carecía para entonces de importancia. Entregarse de esa manera al frío en sacrificio convertía su imagen en un altar, y al menos por un breve instante, y sin saberlo, fue la Santísima y Venerada Virgen del Hielo (La luz del refrigerador es la única que vive eternamente encendida en nuestra memoria, nunca la vemos apagarse en realidad —nos esta vedada esa revelación— quizá sea el reflejo de la luz divina que esclarece el alimento de nuestro espíritu, iluminando a perpetuidad el sustento de nuestros cuerpos)
Pero él regresó. Hacía tres meses, tres vueltas de luna y de almanaque, y regresó como regresan los locos, como no sabiendo a donde o a que vuelven, y ella lo vio venir desde lejos mientras partía el frío en bloques de asombro; lo vio venir como ven los niños a alguien que supuestamente deberían conocer pero no recuerdan, y el estómago se le torció como un trapo. Y regresó por aquel puente que él mismo alguna vez ayudó a construir. Le pareció que aquella silueta encapotada era la del mismo diablo y lamentó que no le saliera al paso algún espanto para despeñarlo cerro abajo.
Y regresó en silencio, como el ladrón que sube por una escalera angosta, y cuando estuvo adentro actuó como si nunca hubiera partido. Ella no pudo detenerlo, lo vio colgar una hamaca para huir de su sombra en el sueño de la tarde, lo sintió tomarse su café y comerse su comida y un miedo primitivo le impidió el grito represado, la dentellada del odio. La noche la encontraba siempre acurrucada en el terror, y a la tercera madrugada despertó con una mano enorme amordazándole los labios y otra hurgando entre sus piernas; trató de librarse, de morder, de soltar el escupitajo atroz, pero de nada valieron la contracción agónica ni el estertor (ni siquiera tenía uñas, para rajarlo...) él entró en ella silbando ultrajes, violentándola, y abrió su compás de cerradura absorta con un insulto de fuerza cobarde. Después vino aquella negrura, aquel palpitar de tegumentos. Erupción de salpullido blanco era el agua en los rincones.
El salitre le secó las lágrimas y se incorporó adolorida. Antes del baño, antes del desayuno efervescente, buscó el machete y fue a tajarlo en sangre mientras dormía, pero la hamaca ya no estaba y el olor ácido de su presencia hacía rato que no envenenaba el cobertizo. Caminó arrastrando el filo ansioso del machete por las losas de piedra del patio, llanto de chispas derramado, y salió al baldío. El cadáver abierto en canal de la alberca vacía era un mausoleo de culebras con viruela de cangrejos en el rostro de los charcos. Se detuvo en la orilla, sobre el espinazo de un trampolín destartalado, y miró los fósiles serpenteando contra el mosaico verdoso, lanzó el machete por no arrojarse ella y el metal reverberó con un chasquido reseco. En el fondo, los cangrejos azules de alicates nerviosos desaparecieron velozmente entre las grietas. Tras el puente el mar, con sus olas de plomo, y dentro de ella, y también dentro del mar, las anclas y las cadenas y el grito primordial de los cetáceos.
Esa mañana bebió más tabletas que nunca, y la palidez de la bóveda angulada de su rostro, poblada de noches lácteas, acusaba la invasión de prolongados eclipses. Entró al baño, desnuda y con sandalias, el espejo reflejó los cardenales encendidos del maltrato y sus aborrecidas marcas de nacimiento. Las caderas consteladas de púrpura (hematomas inciertos) junto a centenares de pecas —temblorosas estrellas pigmentadas— como manchas pirograbadas por su entraña en la superficie geográfica del cuerpo... y aquellos lunares, tatuados desde lo hondo por una genética de aguja feroz con la tinta indeleble de la herencia. Silueta de nebulosa en implosión, textura de duro mineral recién nacido; el cuerpo: un país de cartografía martirizada cortado por duros paralelos de sombra.
De esto hacían ya dos meses, dos vueltas de luna y de calendario. Mareaba con frecuencia, siempre le sucedía en el sopor inerte de la cuaresma, pero durante las últimas dos semanas no podía cargar un saco de sal y reventarlo contra el hielo sin sentir la misma libélula de la tensión arterial en la boca del estómago, esas ganas urgentes por la orina y la inconveniencia de su incestuosa condición como un peso más sobre los hombros. Introdujo la mano en el saco salado (siempre había amado la sal, su disolución, su cristalización, su dulce capacidad corrosiva. Siendo niña su madre la castigó muchas veces por lamer a escondidas los bloques de sal puestos para las yeguas en el cobertizo) y la extrajo, escarchada por el sodio que tanto preserva de la corrupción y del error, sal que en otros tiempos fue sagrada, mano de sal que rozaba luego con sus labios mientras soñaba con tanto placer que no conocía, como no conoció nunca las lentejuelas ni el tacto mórbido de la seda. Entonces fraguó en el resentimiento la manera absurda de perpetrar lo inevitable, de extirpar aquel rasgo intruso, indeseado… Que lástima, ya ni siquiera quedaban yeguas.
Un mes intoxicándose con la pócima efervescente, un mes lamiendo sal como un naufrago. Las turbinas del frío murmuraban bajo el foco agonizante de los almacenes.
Entro a la casa y puso a hervir agua para el baño. Tragó en dos buches el Alka-Seltzer recién brotado, enhebrando su sed en la turbulencia química, y una vez la tina estuvo lista, humeante, vació minuciosamente más de cien tabletas en el agua.
Soltando su larga trenza —le rozaba las nalgas— se hundió en el artificio del pozo termal. La caricia hipnótica del carbono liberado adormecía la tragedia, su trenza barría las tablas del entarimado de punto de Hungría mientras el vaso, con su frágil costra blanca sobre las paredes, descansaba, reseco, sobre el piso. Ese día se había puesto aretes de plata, extraños, quemados en pocas horas hasta la negrura por el desorden hormonal.
Durmió rápida, otra vez en la fiebre del miedo, sueño de página rasgada y contractura de diafragmas (Soñó a su lado, en la tina, a un hombre que era un solo espumarajo de vidrio, un largo salivazo cartilaginoso, vistiendo en la piel un color que no era el de esta vida) Despertó atormentada, con un punzón de culpa clavado en el fondo del vientre y el calambre del extravío caracoleando en la pelvis desgranada. El agua aún hervía, arremolinando coágulos de sodio, pero ahora la sangre teñía las burbujas con su tono insidioso, característico de la ausencia... De haber sido niña, su nombre sería Beatriz... Miró a través de los ojos anegados, a través del dolor, y el puente permanecía — suicida fracasado— levitando allá, lejano, en el vacío.
Las sandalias duermen ahora como dos peces galvanizados, varados en los espigones del puerto gris de sus cabellos.
® Sergio Márquez.
