13 de marzo de 2011

                                                                          
                                                                        El Crack



Ha comenzado.
Resiento la tardía urgencia por los caracteres secundarios de mi niñez:
El olor verde oscuro de un pasillo tapizado en lana con almizcle a sombra de jabillos,
el crepitar de un zinc humeante perforado por el granizo,
el incienso de la madera quemada contra el esmeril.
Todas ellas cosas mínimas, inescrupulosas.
Traicioneras emisarias mercuriales de un pasado cercano hedióndamente propenso al extravío, como el brinco de la bicicleta sobre la calzada fracturada de Los Próceres o la gragea de azogue resbalando sobre la palma de la mano, ponzoñosa lágrima de soborno tras el suplicio premolar.
Como la avenida Buenos Aires.
Como La Tivoli, Taco’s o El Crack.
Como mis dibujos de jaguares iracundos evacuando heces de fuego radiactivo.
Como Fabio y Sandro en ruta hacia la Colonia Tovar.
Todas cosas destinadas a desaparecer, borrosas bajo las lechadas turbias del alcohol y el arregosto tenebrista de la sinapsis. Todas a veces como ratas, abandonando el barco sin quererlo abandonar.
Porque al fin y al cabo, todas esas cosas, jamás llegaron con intenciones de partir. 
Son huéspedes que avanzan, suplantando a todos los demás, 
por razón de ineptitud o falta de gancho espiritual.
Ya no escojo lo que recuerdo:
todas estas caras-cosas-sonidos-olores, se han apoderado de mi.
Ahora,
soy su siervo.

® Sergio Márquez.

10 de noviembre de 2010

                                                                        
                                                                    AUTOPISTA

       Sentía el estruendo sincopado de los motores palpitándole en los ganglios. La soga intravenosa del tráfico le recorría las arterias con su torrente imantado de cortantes limaduras. Tres horas en una sola cola eran demasiadas para un cobarde que no había dormido en dos días, dos días y una noche entera tratando infructuosamente de abrir aquel sobre amarillo en una pensión sin aire acondicionado en Macuto, sudando y odiando al mar por no poder dejar de verlo. Ahora subía al encuentro con la ciudad, la ciudad que tras los cerros abría sus piernas como una aullante loba ofrecida. Apenas cruzó en su taxi que-alguna-vez-fue-blanco la garganta resbalosa de los túneles de La Planicie, se incorporó sin remedio a la serpiente mecánica formada por miles de automóviles recalentados que penetraban a una Caracas húmeda de asfalto. Tres horas petrificado en un limbo de monóxido, tres horas sin saber que coño pasaba allá adelante, sin entender la razón de este suicidio colectivo. Era como si algo horrible germinara desde el interior de cada vehículo, creciendo gozoso, extendiendo su metálica enredadera de rencor por sobre las ingrávidas bandejas de hormigón armado de la autopista. 
      El pulpo, la araña, el ciempiés: enroscadas carreteras flotantes bautizadas con nombres de animales monstruosos, insectos enormes caracoleando sobre si mismos, moluscos copulando en cada uno de sus rizomas, en cada voluta gris de sus distribuidores. Ya el miedo acariciaba la transpiración de las carrocerías, afuera la llovizna olía a oxido, y se le antojó que aquel era el momento perfecto. Perfecto para terminar lo que no pudo empezar en aquella sucia habitación de Macuto. Apagó el carro, despegó (literalmente)  las manos del volante y abrió el sobre de manila arrugado: adentro esperaba, dormido, el hierro de sus deseos, la punta roma que acabaría con la culpa, con el tráfico eterno de esta chivera en lento movimiento, la bala que le bajaría de una vez por todas el volumen al zumbido insoportable de esta mierda de ciudad. La empuño con la derecha, observó por última vez el escarpín y la foto de su chamo colgando del retrovisor y apoyó el cañón contra la sien. Con la izquierda desempañó el parabrisas para ver mejor el Parque Central y su torre chamuscada, para quedarse con aquella postal del infierno como último souvenir de la miseria. 
        Y entonces la vio. Allí estaba, materializada desde el smog, era ella, aparecida desde la sucia nada: La Santísima Virgen María. No sabía cual Virgen era, si la de Coromoto, si la de Fátima, pero aquella madonna de los mal nacidos flotaba sobre el río putrefacto, levitando entre los corredores viales, ella, vibrante de colores, envuelta en nubes de formaldehído, una estatua viva que se acercaba cada vez más a él, arropándolo en su infinita misericordia. 
      Soltó el arma y se restregó los párpados inflamados, solo para desnudar la verdadera causa de su epifanía: un buhonero-equilibrista caminaba sobre una tubería, salvando sin esfuerzo aparente el abismo labrado por el río, mientras balanceaba una gran virgen de yeso sobre su cabeza. Bajó el vidrio, le hizo señas al vendedor de santos y regatearon el precio de La Virgen de la Autopista.

― ¡Te la dejo barata mi tío, treinta lucas pa’que te la lleves ya!
― Te doy veinte hermano… y este sobre de manila… 

® Sergio Márquez.

27 de octubre de 2010



Durandal

Volvamos al tiempo en el cual las espadas
tenían nombres de mujer
y por esos nombres, nosotros los hombres
las llamábamos.
Y el sudor y la sangre tornábanse reliquias
con la muerte
y jurábamos sobre ellas,
untados por su crisma
poderoso.

Prepucio orlado de Cristo
Diente granítico de San Pedro
Sangre pantaleónica que jamás coagula
Mano intacta de Santa Emma

Volvamos al tiempo del brillo de la espuma
en los ijares
y los caballos como hijos, como hermanos.
Cuando cesábamos, héroes,
derramados por la hoja, por la saeta
o por el dardo,
tiempos donde la cobardía
de la pólvora
aún no había comenzado.

Volvamos a las ascuas encendidas en el pecho,
al designio narcótico
de los oráculos
volvamos a fumar en silencio frente a los fuegos
murmurando ceremonias
repujadas en la lengua, envueltos en sahumerios
Volvamos al tiempo en el cual éramos, nosotros mismos,
Talismanes.

Hundámonos, de vuelta, hacia adelante.





® Sergio Márquez.



13 de abril de 2008


?
¿Que pasó? ¿En que momento se destruyó todo? ¿cuando se desmoronó la promesa de algo que lucía extraordinario, o en todo caso esperanzador?, ¿que pasó? ¿Donde?, ¿como?, y sobre todo, ¿por qué? ¿A quien debemos culpar? Porque algún culpable debe existir de esta desazón, de este desarraigo cotidiano. Pertenezco a una generación a la cual le fue robado todo de la forma más artera; fue cruel, porque nos expusieron a crecer, habitar, contemplar y en ocasiones inclusive hasta a disfrutar de aquella promesa signada por una luminosa y precoz modernidad, convulsa y vibrante, para luego arrebatárnosla de un tirón en la etapa supuestamente más productiva de nuestras vidas. ¿Que pasó? ¿Que lacras nos perjudicaron, a cuantos canallas habrá que ajusticiar para recuperar lo que por derecho histórico y vernáculo nos pertenece? ¿En que vericuetos del costumbrismo perverso, la corrupción, la chabacanería, la desidia y la estupidez se extravió nuestro país? ¿Dónde están nuestras puertas para salir o para entrar, nuestras ventanas para respirar y para ver? Somos una generación sin monumentos, sin orgullo cívico, sin ligazón. Somos héroes, si, pero de la supervivencia y lo vencido. Hemos aprendido a vivir solo para aprender a reponernos del ardor de nuestras heridas adultas condimentadas por la sal de una breve memoria, en apariencia inútil y tan frágil como nuestra noción de patria. No pertenecemos, a nada ni a nadie, no hay un tiempo para nosotros y tampoco estamos creando uno porque otros degenerados decidieron que nuestro tiempo histórico les parecía adecuado para asolar estas ya vapuleadas comarcas mientras practican sin licencia alguna el espiritismo político; ¿será que no supimos defender esa indeterminación llamada Venezuela? Y en todo caso si debíamos empezar a defenderla antes, ¿Por qué nadie agitó las banderas para nosotros? Creo que no tuvimos tiempo de entender nada y es ahora, a la mitad de nuestras vidas, cuando estamos despertando al hecho de que somos un hiatus en el transcurso de este amargo segmento espaciotemporal que nos tocó vivir (o al menos yo lo concibo de esa manera). Independientemente de toda esta infamia, de toda esta cosa ignominiosa que nos endilgaron, muchos seguimos labrando una vida y un mundo en el cual albergamos esperanzas, a despecho de arrastrar siempre con esa sensación de haber extraviado algo en el camino, de que nos sacaron la cartera sin darnos cuenta y desde entonces llevamos a la nada de pasajero en el bolsillo, ¿o te atreverías a decirme que tu nunca lo has sentido así?... Descastados como nos hicieron, así pavimentamos sobre los cadáveres de la mediocridad la vía más digna posible para escapar de este espejismo al cual no pertenecemos. ¿Qué pasó? ¿Será que acaso la canalla fratricida nos hizo algún flaco favor? ¿Es acaso mejor diseñarlo todo de nuevo, como si nunca nada hubiese existido antes de nosotros? ¿Tenemos por fuerza que destruirlo todo para volver a empezar? Esa es una labor titánica que no estoy tan seguro de querer emprender. En todo caso la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué pasó? Y no piensen que espero respuesta, porque en realidad el acertijo que persigo por estos días tiene mucho menos que ver con la resignación expiatoria que con el mapa último de una venganza.

® Sergio Márquez.

20 de junio de 2007

"Mal-Dita"


Mal-Dita Von Teese
hiriendo hondo con su impalpable punzón de nieve, emasculando paquidermos con su pálido stiletto hecho de tuétano congelado



Dita, tatuada de llagas al hielo seco, un vehemente bochorno de encajes,
negro y violeta, navegado por las venas azulosas de un cadáver suculento de hematomas.

Blanca Papisa de la hiperclorhidria inguinal, Hijastra bastarda de la sucia candidez

Über-Lamia de marismas y burdeles, fragante a bunker, a naufragio yermo,
devastado.




Vagabun-Dita
Menstruando gelatinas de invierno con hematíes y semillas de granada por reventar.

La Von Teese:
Un mal recuerdo
digno de nunca olvidar.
Mal-Dita seas Dita, encore une fois.

® Sergio Márquez.


“Mal-Dita, toujours”


Mal-Dita Von Teese, musa-calavera para un demiurgo anémico, fría bengala del miedo, siempre allí, fosforeciendo; Arzobispal mitra post-humana que oficia negras eucaristías en la cérvix de una catedral atestada por maniquíes de leche condensada.


Mascarón de proa de las naves de la muerte, moldeada por extrusión en los subsumidos crematorios nevados siempre de osamentas. Dita, turbia diadema de alfileres de fibra de vidrio y muerta plata.
Dita, gruta vitrocerámica, duro impasse de sangre blanca emponzoñada por mil estrógenos de hielo.
Esta flor carnívora de cuero repujado, esta sedosa glándula bordada de arterias, desata en pueriles agujetas su corset de ligamentos, nido coagulado de difuntos camafeos, pesados crucifijos y grageas de violeta.


Tataraputanieta de Brunilda, Valkiria Maldita, velando siempre en capilla ardiente, con fatuo tenebrario de sopletes, su virgo de estaño y su verija de armiño y truenos por reventar.


Ondina mineral del brutalismo, pitonisa del béton brut,
emperadora del inglés, reina del griego, maga del francés.


Infarto.


Clavículas que son fosas desfondadas, espejismos de anémonas triunfantes.
La Von Teese, un'altra volta. Yegua de anime derretida al trote, centaura lista para germinar.


Mal-Dita seas, Dita, toujours, tout le temps.



® Sergio Márquez.

22 de mayo de 2007


El pozo séptico de la Gloria nauseabunda abre sus fauces y deja escapar, zumbando, a la vil sordina de acero. Los pequeños diablillos alados saltan de sus cubiles mientras baten Manhattans en sus cocteleras de estaño, vulneradas por espinas y silbatos. El Negro despliega sus alas portentosas de urraca del infierno, asumiendo su avatar del miedo, y las ramas de los cipreses extienden articulaciónes de clorofila para inyectar en sus venas la jeringa repleta del mercurio cárnico, ordeñado de las tetas esmirriadas de las brujas creoles. Canibalismo refinado engalanando los banquetes sincopados, kilovatios telúricos en la tensión alta de la noche. El negro engulle las sombras y las transmuta en higos-hongos sonoros profusamente perforados. Tronos de bronce sostienen al rey hace mil años muerto, en tanto su reflejo burila las templadas ventanas de un frío loft de invierno. Laberintos de luz y sombra y caracoles babeantes, que susurran por entre los portales de hiedra y ascienden en los montacargas quejumbrosos, con su crujido modal, su rugido atonal, su melaza y sus limaduras, su maleza de hierro, enhiesta en la ceremonia agónica de la garganta, gruta metálica poblada de murciélagos, arsenal recamado de gritos que trafican en cordilleras bordadas por parituras compuestas de mullidos terremotos. Amén, Miles, Amén.



® Sergio Márquez.


3 de mayo de 2007


RASCACIELOS


Rascacielos
de grito
templado
hacia arriba
las Poleas
(miles de ellas)
hacia abajo
los Tendones
Hundidos
hasta el centro
de la tierra

Wolkenkratzer
Pararrayos
del inframundo
camuflado
en el azogue
de su carne
hipercristalina

Gratte-ciel
de vidrios
condenados
obligado
a transmutar
cadenas en
guirnaldas
masculinas

Aún circula
por su deseo
—El de la ciudad—
Que es impuro
y vertical
y refulgente
como la
traición
y su electro
cardiograma
de rascacielos


      RRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR

® Sergio Márquez.

25 de abril de 2007


"VENEZUELA, UN PAÍS PARA QUERER"

(Este post inuaguró el Arroyo hace ya un par de años. Pensaba dejarlo dormir el sueño de los justos en el fondo de esta página, pero últimamente ha provocado una serie de comentarios que al fín hacen algo de justicia al espíritu que lo vió nacer: el de sacarle la piedra a todos los estúpidos que siguen creyendo en la pervivencia de este mito llamado Venezuela. Sus bellas mujeres, sus hermosas playas, la calidéz de su gente, las arepas y el beísbol son algunos de los zancos que sostienen el frágil andamio de esta mentira de país. En la medida en que no intentemos comprender las perversiones que nos aquejan estaremos eternamente jodidos, incapacitados para resolver el acertijo de la ineficiencia y la miseria idiosincrática que nos estigmatiza como cultura. A dos años de su primera publicación, he querido rescatarlo, aumentado y corregido (ha crecido lentamente en este tiempo), invirtiendo su orden cronológico, para intentar quizás entender su insidiosa progresión y descifrar su posible utilidad como espejo y como mapa. Ojalá sirva de algo)

-VENEZUELA ES UN HOMBRE NEGRO DENTRO DE UN ATAÚD CON UNA CORBATA ROSADA PUESTA.
-VENEZUELA ES UNA TABLA DE SURF DE VÓMITO CONGELADO.
-VENEZUELA ES LA METÁSTASIS DE UN RIÑÓN ACRÍLICO.
-VENEZUELA ES PATADA, GANCHO E'ROPA Y JABÓN AZUL.
-VENEZUELA ES LA SONDA EN LA GASTROSCOPIA DE KING KONG.
-VENEZUELA ES LA MIGRAÑA EN LA CABEZA DE TODOS LOS ALFILERES DEL MUNDO.
-VENEZUELA ES UN CANGURO CON GUANTES DE BOXEO HACIÉNDOSE LA PAJA.
-VENEZUELA ES COMO DOS MONJAS ALBINAS DEPILÁNDOSE LAS CEJAS MUTUAMENTE CON UNA PISTOLITA DE SILICÓN.
-VENEZUELA ES UN ATAÚD DE NIÑO HECHO DE PANELITAS DE SAN JOAQUÍN.
-VENEZUELA SON LOS LENTES DE RENNY OTTOLINA METIDOS EN GELATINA DE LIMÓN.
-VENEZUELA ERES TÚ, SOY YO Y TAMBIÉN ES SERVANDO Y FLORENTINO.
-VENEZUELA ES LA ANDROPAUSIA DE HUGO CARREGAL.
-VENEZUELA ES LA LOGIA MASÓNICA DE LOS TELETUBBIES.
-VENEZUELA ES COMO UN HUESO DE CHULETA CON SÍFILIS EN EL TUÉTANO.
-VENEZUELA ES UN JACUZZI BURBUJEANTE DE PIRAÑAS.
-VENEZUELA ES UNA VIRGEN ESTIGMATIZADA QUE CAGA TALLOS DE ROSAS Y RACIMOS DE MAMONES.
-VENEZUELA ES UNA ROCKOLA QUE NADA MÁS TOCA LUIS SILVA Y PIMPINELA.
-VENEZUELA ES UN CARTOCCIO DE PUPÚ.
-VENEZUELA ES LA SONRISA DE UNA MISS CON DIENTES DE MADERA. (Ronald Paredes)
-VENEZUELA ES UN PERROCALIENTE DE ANTIMATERIA.
-VENEZUELA ES UN ENANO CON BIGOTES HACIENDO PARALELAS.
-VENEZUELA ES UNA CORNUCOPIA DE HURACANES.
-VENEZUELA ES EL DISNEYWORLD DE LOS MARGINADOS.
-VENEZUELA ES UNA LUMPIA DE CARNE HUMANA.
-VENEZUELA ES EL MAREMAGNUM DE LA CANALLA.
-VENEZUELA ES UN TOPERGÜER NACIDO ESCONDIDO DEBAJO DEL ASIENTO DE UN VOLKSWAGEN AMARILLO
-VENEZUELA ES LA CULEBRILLA QUE SE CIERRA SOBRE EL CUELLO DE ADRIÁN GUACARÁN.
-VENEZUELA ES UN TINAJERO DE SANGRE.
-VENEZUELA ES EL DUQUE DE ROCANEGRAS COPULANDO CON EL RELÁMPAGO DEL CATATUMBO.
-VENEZUELA ES UN GUARAPO FERMENTADO DE CHICLE TUTTI-FRUTTI.
-VENEZUELA ES LEPRA, LEPRA Y MÁS LEPRA.
-VENEZUELA ES UNA DONA MOHOSA GLASEADA POR EL OLVIDO.
-VENEZUELA ES COMO TROTAR POR GUANARE A LAS TRES DE LA TARDE CON UN ALKA-SELTZER METIDO ENTRE LAS NALGAS.
-VENEZUELA ES LA BOA CONSTRICTOR DEL CERVATILLO QUE ES EL MUNDO.
-VENEZUELA ES LA CAJA DE CREYONES DE BOVES EL UROGALLO.
-VENEZUELA ES UNA BOLSA PLÁSTICA TRANSPARENTE LLENA DE AGUA CON UNA OREJA DE COCHINO ADENTRO, FORRADA DE MOSCAS Y COLGADA DEL TECHO DE UNA POLLERA.
-VENEZUELA ES MUSIUITO CORRIENDO DESNUDO POR LA AUTOPISTA DEL ESTE A LAS TRES DE LA MAÑANA.
-VENEZUELA ES UNA MEDIA DE NYLON LLENA DE TITIAROS PODRIDOS.
-VENEZUELA ES UN BAJANTE DE BASURA TAPADO QUE HUELE A RECIÉN NACIDO.
-VENEZUELA ES DENGUE, DENGUE Y MÁS DENGUE.
-VENEZUELA ES UN RABIPELAO SACANDO UN CONEJO DE UNA CHISTERA.
-VENEZUELA ES SIMÓN DÍAZ CON UN BLUYÍN NEVADO BRINCAPOZO MONTADO POR LAS COSTILLAS.
-VENEZUELA ES UN PROFITEROLE PARLANTE DE TRES CABEZAS.
-VENEZUELA ES UN CARBURADOR DE MALIBÚ 82 PUESTO AHÍ, EN LA VITRINA PEGOSTOSA DE UNA FARMACIA.
-VENEZUELA ES LA PEPA DE GUÁSIMO SOBRE LA CUAL ALGÚN DÍA RESBALARÁ TU ALMA.
-VENEZUELA ES UN ORZUELO EN EL LAGRIMAL DE LA MEMORIA.
-VENEZUELA ES UN BORRACHO EMPANIZADO A LA ORILLA DE UNA PLAYA ABRAZANDO UN LEBRANCHE.
-VENEZUELA ES LA ÚNICA LICORERÍA GAY ATENDIDA POR SUS PROPIOS DUEÑOS.
-VENEZUELA ES UNA ORGÍA DE PELLEJOS.
-VENEZUELA ES LA SINAPSIS DE RICARDO ARJONA.
-VENEZUELA ES UNA TORRE PETROLERA QUE ESCUPE PÚS.
-VENEZUELA ES UN INCESTO ENTRE HERMANOS VARONES.
-VENEZUELA ES UN INTESTINO HUMANO RELLENO DE CEREZAS MARRASCHINO.
-VENEZUELA ES UN TEPUY INVADIDO POR DAMNIFICADOS.
-VENEZUELA ES EL AFRO QUE ADORNA LA TESTA DE BEHEMOTH.
-VENEZUELA ES UN TUMBARRANCHO PSICODÉLICO.
-VENEZUELA ES UN MUÑECO DE SILENCIADORES HERMAFRODITA.
-VENEZUELA ES UN SUPOSITORIO DE CREOLINA PARA EL ALMA.
-VENEZUELA ES PALUDISMO, PALUDISMO Y MÁS PALUDISMO.
-VENEZUELA ES UNA GUANABANA FERMENTADA REVENTADA SOBRE EL ASFALTO.
-VENEZUELA ES UN PRESERVATIVO RECICLADO.
-VENEZUELA ES LA CABEZA DE UNA MUÑECA ENVUELTA EN UN PAÑAL CAGADO, TIRADO EN EL FONDO DE UNA QUEBRADA.
-VENEZUELA ES UN COCHINO PADROTE COMIÉNDOSE UN TOBLERONE.
-VENEZUELA ES EL MANUAL DE CARREÑO LEÍDO AL REVÉS POR SATANÁS.
-VENEZUELA ES UN FRASCO SEMIVACÍO DE MAYONESA CON UNA RATA ASFIXIADA DENTRO.
-VENEZUELA ES UNA MODELO MUERTA TAPADA CON LAS TAZAS CROMADAS DE UN LTD LANDAU.
-VENEZUELA ES EL “LOUVRE” DE LA MÁS PURA Y LUMINOSA IGNORANCIA.
-VENEZUELA ES EL PARASISTEMA INMARCESCIBLE DEL FRACASO.
-VENEZUELA ES UN CHINGO JAPONÉS CANTANDO KARAOKE.
-VENEZUELA ES UN DICCIONARIO DE BOLSILLO AL QUE LE FALTA LA LETRA “V”.
-VENEZUELA ES UNA LOBOTOMÍA FRONTAL PRACTICADA CON UN LÁPIZ MONGOL n° 2.
-VENEZUELA ES EL TAMAGOTCHI DE LA IRA DEL SEÑOR.
-VENEZUELA ES UN JABÓN AZUL LLENO DE PELOS TIRADO EN UNA PLATABANDA.
-VENEZUELA ES UN TRAVESTI JUGANDO BOWLING EN TACONES.
-VENEZUELA ES EL DINOSAURIO BARNEY SELLANDO UN CUADRO DEL 5 Y 6.
-VENEZUELA ES EL TALK-SHOW DE LA IGNOMINIA.
-VENEZUELA ES UN CIRUJANO PLÁSTICO PERUANO GRADUADO POR INTERNET.
-VENEZUELA ES LA GUINDA EN EL BANANA-SPLIT DE LA OSCURIDAD.
-VENEZUELA ES UN FETO ABANDONADO EN UN ESTACIONAMIENTO DENTRO DE UNA CAVA DE ANIME.
-VENEZUELA ES UN DRY MARTINI HECHO CON LIGA DE FRENOS.
-VENEZUELA ES EL GOLDFILLED DE LA MISERIA.
-VENEZUELA ES UNA CADENA DE ORO ENSANGRENTADA DENTRO DEL BUCHE DE UN MALANDRO.
-VENEZUELA ES COMO ESCUCHAR UN DESFILE MILITAR POR RADIO.
-VENEZUELA ES EL DEDO ÍNDICE DEL ARTILLERO DEL “ENOLA GAY”.
-VENEZUELA ES LA CONJUNTIVITIS DEL CORAZÓN.
-VENEZUELA ES EL TESTÍCULO FANTASMA DE LA AUTOCRACIA.
-VENEZUELA ES UNA PEREZA SODOMIZANDO A UN CADETE DE LA EFOFAC.
-VENEZUELA ES UN FRENAZO EN EL INTERIOR DE LA CULTURA.
-VENEZUELA ES UN CONTAINER VARADO EN LA GUAIRA LLENO DE CHINOS INDOCUMENTADOS.
-VENEZUELA ES UNA TORTA DE CASABE HECHA CON VIDRIO MOLIDO.
-VENEZUELA ES MALARIA, MALARIA Y MÁS MALARIA.
-VENEZUELA ES UN FESTÍN DE PERRARINA CON KOOL-AID.
-VENEZUELA ES UN HOMBRE MADURO FRENTE A UN ESPEJO ESCONDIENDO SUS GENITALES MIENTRAS OYE A RUDY LA SCALA.
-VENEZUELA ES COMO TOMARSE UN BUCHE DE MALTA CALIENTE CON LA BOCA LLENA DE METRAS.
-VENEZUELA ES UN ZAMURO DECAPITADO TIRADO EN EL FONDO DE UNA CUNETA.
-VENEZUELA ES EL MENSTRUO DE LA HISTORIA.
-VENEZUELA ES EL CADÁVER DE UN ACURE CON JERINGAS EN LOS OJOS.
-VENEZUELA ES LA TRAICIÓN DE DIOS.
-VENEZUELA ES COMO ANDAR DESNUDO ENFUNDADO EN UNA SOTANA DE CUERO.
-VENEZUELA ES UN 747 LLENO DE OSOS PANDA ESTRELLÁNDOSE EN EL MAR DE CHINA.
-VENEZUELA ES LA CACHULOCA DEL TERROR.
-VENEZUELA ES UN “JUNQUITO ROLL”: ARROZ CON POLLO ENVOLVIENDO PERNIL CON SU TOPPING DE GUASACACA.
-VENEZUELA ES UN DULCE ABRILLANTADO CON UN ALACRÁN ADENTRO.
-VENEZUELA ES UN GENTÍO EN UN SITIO AHÍ. (Meyer Vaismann)
-VENEZUELA ES UNA CHIVERA EN DONDE, DE VEZ EN CUANDO, SUENA UNA CORNETA. (Joaquín Ortega)
-VENEZUELA ES UN MELANOMA EN LA PIEL DE AMÉRICA.
-VENEZUELA ES UNA MATA DE TUNA CON UN MODESS PEGADO ENCIMA.
-VENEZUELA ES COMO UN SANCOCHO DENTRO DE UNA LATA DE MANTECA DONDE FLOTA UNA CABEZA HUMANA.
-VENEZUELA ES UNA BOLSA DE SUSPIROS LLENA DE HORMIGAS POR DENTRO.
-VENEZUELA ES TOTONA.

® Sergio Márquez. 2007.

11 de abril de 2007


                                                              "Solo de batería"

Artie debía dinero. Más dinero del que podía o quería pagar, mucho más del necesario para evitar que la diabetes devorara una de las piernas de su hermana Lucy o para llenar la despensa con otra cosa que no fuera bourbon. Artie debía mucho dinero a hombres muy malos, y tarde o temprano debería pagar por ello. Pero Artie, como muchos que han aprendido a deber sin desarrollar cargo alguno de conciencia, pensaba menos en sus deudas que en si mismo (como si ellos y sus deudas no fuesen, poco a poco y lentamente, convirtiéndose en uno solo) Artie solía dilapidar su poquísima fortuna, ganada a fuerza de trasnochos y repique de baquetas, en sus dos únicas perversiones: baterías y bondage. Artie amaba hacer retumbar su colección de baterías cubierto en látex líquido negro, mientras tocaba "The Monster" -un compás al estilo de Buddy Rich, otro compás al de Krupa- sin poder ver y conteniendo agónicamente la respiración bajo el giganteco preservativo de cuerpo entero. Los hi-hat escobillados eran su fuerte, así como también le gustaba que fuerte y a contratiempo repiquetearan los látigos sobre sus nalgas y su espalda, cuando Mistress Dora, la Art Blakey de la sumisión, lo convertía en su redoblante de carne y hueso.
Los percusionistas del horror tocaron un día a la puerta de Artie, cuando ya no quedaba nadie a quien acudir, cuando las deudas ya no podían pagarse con otra cosa que no fuese sangre enrarecida. La jeringa en su brazo le anudó la lengua, mientras los verdugos virtuosos, a tiempo de swing , lo fueron tañendo como a un vibráfono hasta partirle todos los huesos del cuerpo. El movimiento final de estos estilistas encargados de cobrar, con bombos y platillos, el olvido monetario de Artie, consistió en un pasaje digno de ser registrado para siempre en la historia negra del jazz: con una horca formada por varias cuerdas de contrabajo (La Corbata Mingus, así la llamaban) lo colgaron del techo de vigas metálicas, le quitaron las medias húmedas, colocaron tres velas en el piso, y sobre ellas, un redoblante sin bordones. Lo suspendieron, obligándolo a posar las plantas desnudas de sus pies sobre el templado cuero, cada vez más caliente, cada vez más permeable a los baquetazos del infierno. Los pies de Artie percutieron su postrero y más genial solo de batería sobre esta tierra, confundido entre el placer y el dolor últimos, pensando en Mistress Dora, y en como solo dos compases de cuatro cuartos son suficientes para decirlo todo.
Artie terminó saldando sus deudas con la vida como siempre quiso hacerlo, tocando la batería, de ser posible, hasta la muerte.

® Sergio Márquez.

5 de febrero de 2007



Bares II

-El Casa Almirall alguna vez tuvo el piso de tierra. Y butacas bajas de cuero verde, y un aparador de madera sinuosa y mármol blanco que encerraba licores tan antíguos como las barbas de Gaudí (las botellas más añejas, las más viejas del mundo, se amontonan en la última repisa, cerca del techo artesonado, con su costra dura de polvo y su foulard de telarañas. Mientras más las contemplo más quiero beber de esas ancianas, y me doy cuenta que el Casa Almirall me ha convertido en un gerontofilico de los alcoholes) Casa Almirall aún tiene todas estas cosas, pero en cierto modo son espejimos; ectoplásmas inanimados dejados allí para que la embriaguez pecaminosa siempre sea la misma, para que la dulce pesadilla nunca cese. En una esquina de la barra, una ninfa de roble intenta conservar la compostura, mientras ejecuta su "arabesque" maldito, de puntillas sobre un acantilado de vasos turbios. El Almirall es como una cueva: su resplandor de brea, que lo curte todo, se extingue inexorablemente a medida que sus fauces nos van engullendo. Allí besé en la boca a la mujer de otro hombre. Y también fue el primer bar (muchos otros le seguirían) que me regurgitó hacia la madrugada de Barcelona, hacia la estrechez vaginal, virgen hasta entonces para mi, de sus maltrechos callejones.



-Decadente. Solo ese adjetivo puede describir al Bar Marsella, que no esta en Marsella, Francia, sino en Barcelona, Catalunya. Algo, quizá ese lobo de sargazos tatuado en el hombro desnudo de uno de los camareros, murió allí adentro hace muchísimos años y nadie se ha atrevido a sacarlo a respirar el salitre negro de la noche. El Marsella huele a madera finamente apolillada, a flor submarina, a láudano quemado. Sus baños deben ser los más antiguos en los que haya meado jamás, y los espejos mate de sus muros son portales nigrománticos hacia otros mundos gobernados por el hada verde y su ejército de "hell angels" ataviados con blancos mandiles masónicos y chalecos de cuero de venado. En el Marsella, las niñas observan fijamente, mesmerizadas por la artemisa, como las etiquetas de las botellas cobran vida, y yo mismo pude ver, entre brumas, como una mujer dormida me veía desde sus párpados cerrados a cal y canto por el sueño. A cal y canto debería cerrarse algún día El Marsella, para que nada escape a su dentada trampa de aceite, a su mazmorra de aguardiente sulfurado. Yo fui ciego en el Marsella por unas horas, y pude ver como el nivel del mar subía tras los espejos y los murciélagos acuáticos nadaban hacia cualquier córnea que brillara, buscando libar la sangre verde esmeralda de los lagrimales de las vivísimas estatuas. Entre tanto, las bandejas cromadas iban y venían, repletas de copas de cristal y fuegos fatuos, levitando entre la penumbra. El Marsella es ese bar al cual no estoy seguro de querer volver.

® Sergio Márquez.

29 de enero de 2007


Rubias
"Trigo maduro hay en tu pelo / Robó quizás la luz al sol
Yo soy el dueño de tu fruto / soy el molino de tu amor
¡Ay Trigal!..."
Sandro / Trigal


Corrientes subterraneas de bronce líquido, lenguas sinuosas de trigo caliente: la verdadera rubia alquímica lleva el sol galvanizado en la cabellera y también en la entrepierna (lo que es arrriba es como lo que es abajo...)


Una verdadera rubia recoge la sombra a su paso con guadañas de platino y la atesora en el centro de su corazón semivacío, habitado por una hojarasca de brasas y por el espectro de un niño calcinado.


Las rubias malignas lloran lágrimas de peltre esmaltado y orinan la centella de Thor sobre el rostro extático de los Inmortales.


Rubias hay demasiadas, pero una platinada genuina siempre esta dispuesta a levantarse las faldas y hundir sus tacones de aguja hasta el centro de la tierra por el sencillo placer de mostrar sus pantaletas húmedas a los condenados.


Las rubias de pechos sofocantes tienen taladros que brotan de sus cuerpos al pulso lascivo de las erecciones, horadando con ellos el alma de los incautos.


Sus pupilas siempre dilatadas, hambrientas de ingenuidad, sedientas de agudos abultamientos. Las rubias de verdad olfatean a su presa con las pestañas, las rubias verdaderas tiene papilas en los ojos.


Siempre húmedas, con su divina lengua de hielo seco, mintiendo.


Derramando su dulce polen politóxico sobre el mundo.


Rubias forever.

® Sergio Márquez

27 de agosto de 2006



Bares


-En Barcelona, Catalunya, España, existe un Bar de apenas veinticinco metros cuadrados, cuatro mesas y una barra, llamado ´"Pastís". El Pastis es luminosamente tenebroso. Esta ubicado en una calle que da la impresión de no tener salida, y que en la noches engalana sus adoquines con el sonido de los tacones de viejas prostitutas vestidas de encaje negro y que fuman en boquilla, mientras sus sombras trepan desesperadas por el adobe de los muros. Adentro, en el inmensamente diminuto Pastís, se oye sin prisa"chanson française" y a veces tango, y de las paredes cuelgan dibujos de tipos como Picasso, Dalí o Quimet, quien lo fundó, y permitio que sus amigos, entonces arruinados, pagaran sus cuentas con servilletas garabateadas. Solo hay un baño en el Pastis. Al Pastís vuelvo en sueños cuando todo pierde sentido, pido un vaso de absenta y los muros de madera oscura me tragan hacia las profundidades de todo lo que debería ser. Mis viajes al Pastís se hacen cada vez más frecuentes: quizás deba fundar yo mismo un Bar, de esos que blindan contra la estupidez del mundo.


-En París, Francia, existe un Bar llamado "El Duc des Lombards". Allí se va a escuchar jazz en soledad. No me malinterpreten. El "Duc", como yo le llamo, tiene su clientela, pero posee una extraña cualidad espacial que permite sentirse solo inclusive estando acompañado. Todo en el Duc parece estar a punto de derrumbarse a causa del paso del tiempo: lamparas destartaladas, papel tapíz de lineas verticales agrietado por el sudor condensado durante decadas, sillas de cuero verde trasnochado y un segundo piso vacio y habitado por fantasmas contribuyen a darle esa atmósfera de Bar de jazz a orillas del Purgatorio. Las sombras de los fantasmas se sientan en la escalera a escuchar un cuarteto que interpreta algo de Monk, y todos dentro del Duc sentimos como la cera de nuestra piel se derrite frente a las llamas negras y doradas del Infierno. En el Duc ví y oí tocar a Keith Jarret en una de sus noches ausentes de litio. Al Duc des Lombards se va a escuchar jazz, mientras la muerte cabalga las calles de París en su monumental carruaje tirado por enormes ratas violaceas.



® Sergio Márquez.

31 de mayo de 2006




Naturaleza muerta

“Ayer vi un cuchillo perfecto tras el cristal de un aparador —templado nervio de azogue — y en su hoja intuí la promesa del crimen y el ansia infame por vaciar la entraña, latiendo. Y lo que vi fue la justa y acerada prolongación de mis deseos.
—Elegante— pensé, y para mi mayor desgracia lo observé durante demasiado tiempo.
Hoy, ya no soy el mismo".


Theobroma


“Ayer, siendo un niño, crecí en la vecindad de una fábrica de chocolate, habitando lo espectral de su amargura, preso tras la colmena de sus tabletas apretadas. En ocasiones, cuando sujeto entre los dedos alguna víscera tibia de aquellas que gusta coleccionar mi odio, recuerdo el brillo de la pasta rancia y oscura, chorreante. Recuerdo los sacos de esparto, exuberantes cadáveres morenos, hinchados de dulce mierda.
Hoy, maduro, el cacao me arde en la memoria".

Vicente


“Ayer vimos por primera vez a los zamuros. Sus negras dagas rajaban a lo lejos el sopor de la canícula. Hace tres días que mi hermano Vicente no aparece (tampoco ha vuelto el perro) y mi padre maldice sin cesar. Cuatro hombres salieron a buscarlos. Su ausencia (la de ambos) me reconforta. Ahora soy el único.
Sé que nunca van a encontrarlos: sería como armar un siniestro rompecabezas.
Hoy, todavía, los zamuros siguen allí... negros, girando rigurosos como brújulas, señalándolos”.


Río Abajo

“Ayer, detenidos sobre el puente de acero, veíamos como el río —agua siempre en tiempo presente, agua fugitiva— escondía su culebra gris bajo la garganta de los arcos.
Contemplé durante largo rato el desorden de su nuca y tuve que decirle que la amaba. No hubo respuesta. Solo el torrente sordo mordiendo piedras y los remolinos turbios en mi mente y en el vértigo del agua.
Hoy, de madrugada, su cuerpo parece mucho más pesado al tratar de arrebatárselo a la corriente, río abajo”.


® Sergio Márquez.


10 de abril de 2006


"El Gabinete del Dr. Scholl"
Breve Vindicación de la Quiropedia


Ayer fui a “hacerme los pies” en las oficinas del nunca bien ponderado Dr. Scholl. Y ustedes se preguntarán horrorizados (ojo: siempre que uno se pregunta algo debe hacerlo con el más genuino estupor...): ¿Cómo es posible que yo, uno de los ejemplos más preclaros y brutalistas de masculinidad en pisar estas tierras del diablo (eso no lo digo yo, lo dice mi mujer) venga a reconocer, públicamente y a bocajarro, su afecto inalienable por una expresión tan supuestamente inequívoca de maricura descarada? Pues muy sencillo: la vaina es sabrosa. Pocas cosas hay en el mundo comparables a ponerse unas medias suaves luego de la “ablución-cirugía-extracción-raspada-desconchada-pulida-lijada-suavizante” que se aplica en el interior de estos misteriosos cubículos a nuestras máquinas de caminar: sientes que has dejado atrás los últimos peores días de tu vida para comenzar de nuevo con tus pies cero kilómetros, vivos y etéreos dentro de su prisión de tela o cuero. Es tan sublime la experiencia, que se cae en la tentación de pensar: ¿Será este tipo de aberraciones hedonistas las que han conducido a imperios completos a la debacle y posterior desaparición? ¿Será entonces esto esa cosa fea que mientan pedo-filia? ¿Acaso sea esta autocomplacencia extrema (por lo de las extremidades) el catalizador para mayores y más indulgentes depravaciones que invoquen la decadencia, la pederastia, la lujuria, la barbarie y el advenimiento monstruoso del pecado en todas sus formas? ¿Ah?... Si así es... ¡pues bienvenida sea la caída! Aquel que no ha paseado sus ñames por uno de estos pseudo-asépticos cubículos (que tanto se parecen a un teatrito de marionetas, donde los pies serían los “puppets”) en los cuales conviven el placer y el minúsculo dolor, no ha escuchado ni siquiera la mitad, que digo la mitad, ni siquiera una ñinguita del sonido. Gracias, invisible y venerable Dr. Scholl, y gracias a tus fieles secuaces, que tratan lo más indigno de lo humano con la ceremonia de lo divino.

p.s: Si, esos ñames son los mios…

® Sergio Márquez.

28 de marzo de 2006


“HINDENBURG”


"For those who hide,
Who hide their love to depths of life
And ruin dreams that we all knew so, babe"
Led Zeppelin / Four Sticks.


Los patrones que articulan el laberinto de la experiencia humana describen sin lugar a dudas la estructura de procesos, tanto empíricos como dogmáticos, más profundamente compleja que pueda imaginarse, y esa complejidad se agiganta aún más al tratar de vislumbrar su semblanza bajo la luz equívoca y mortecina de las débiles lámparas que alumbran el parto trabajoso de este siglo predigerido. Entre nuestras características más notables en tanto seres sociales, se halla la de poder ser “selectivamente egoístas”, es decir, poseemos la capacidad de dosificar nuestro impulso primigenio de supervivencia hasta convertirlo en amor o en odio según convenga a nuestros intereses personales, manipulando situaciones específicas para lograr un fin determinado amoldado a nuestro “yo” implacable. Este egoísmo extremo en casos particulares solo puede compararse a la libertad malsana que ejercemos en cuanto corresponde a la generalidad, y que nos permite codiciar todo aquello que nos ha sido negado en el pasado y que percibimos como nuestro por derecho inalienable en un ámbito futuro. La reflexión nos demuestra que nuestra idea de felicidad se encuentra estrechamente vinculada al equilibrio y a la saciedad que mantengamos con respecto a nuestras obsesiones, y es obvio que estas obsesiones se hallan referidas en gran medida al signo del tiempo histórico asociado a nuestra existencia individual. La clase de felicidad que pudiera despertar envidia en nosotros solo existe en el aire que hemos respirado o en la música que hemos oído, en los placeres que hemos disfrutado y sobre todo entre las personas que pudimos haber amado o a las que pudimos habernos entregado; es decir, nuestro concepto de felicidad se halla indisolublemente ligado a la idea de la redención implícita en nuestra reafirmación unívoca en tanto entes sociales.
En otras palabras, podremos conjurar nuestra condición humana en la medida en que seamos capaces de redimirnos individualmente y a cada segundo a través de la memoria, de “re-inventarnos” sin cesar ante la precariedad existencial del mundo que nos rodea, de no permitir que la imagen aprehendida de la realidad que experimentamos naufrague ante los embates de este “caos cartesiano” en el cual navegamos. La misma condición se aplica a nuestra visión alienada del pasado, tanto particular como general, la cual atañe invariablemente a la historia como proceso y como sistema. El pasado arrastra consigo un indicador de transitoriedad, por medio del cual nos expone ante el hecho innegable de que somos entes perecederos: “lo que sucedió antes” revela nuestra condición efímera, y nos transforma en seres frágilmente únicos y por tanto no exentos de cierta divinidad. Al igual que toda generación que nos ha precedido, nuestro advenimiento era aguardado por quienes a su vez esperaron de nosotros aquella liberación por transplante que nunca ocurrirá. Como pobre consecuencia, hemos sido dotados de un cierto poder “mesiánico”, una tibia capacidad de redención individual ante la cual tanto las circunstancias históricas como los mecanismos de adecuación espacio-temporales tienen una innegable cuota de responsabilidad y una cantidad determinada de culpa. Y el privilegio a ese derecho microscópico, patente de corzo inmaterial o avatar pseudo-mitológico, como queramos llamarle, no puede ser saldado a bajo costo. Es allí donde nos enfrentamos a esa especie de “angustia metafísica”, a esa sensación de permanente incertidumbre que nos agobia y hace al hombre adquirir conciencia de las razones de su dificultad de ser. Esta ambigüedad esencial entre lo racional y lo irracional, entre lo comprensible y lo insondable, entre lo humano y lo divino, es tan históricamente indispensable como aquella necesidad misma del hombre por encontrar signos culturales que lo reafirmen, así como por generar una tipología especular semiótica incierta en su contenido, acción esta que desplaza de sus hombros una buena parte del peso específico de la estructura significante que sustenta nuestro orden sociocultural (esta irresponsabilidad semiótica se ha convertido en uno de los eventos más comunes dentro del marco discursivo de la post-modernidad) Ateniéndonos a esta premisa, y especulando sobre la identidad de un tiempo vital huérfano de figuras heroicas, es muy probable que quien este cumpliendo en la actualidad con el papel de preservar esa ambigüedad contradictoria en el seno mismo de la sociedad contemporánea sea el dragón de mil cabezas y un solo fuego encarnado por la industria macroscópica de la información.
La experimentación del mundo sensual a través del laberinto informativo solo puede convertirse en una parte útil y necesaria del proceso cognoscitivo si forma una unidad orgánica con otros aspectos del mismo, tales como la práctica operativa y el pensamiento abstracto (los materialistas históricos deberían estar muy al tanto de ello) y solo con auscultar someramente el estado del arte podemos percatarnos de que esta condición esta cumpliéndose cada vez con menor frecuencia en lo que concierne al proceso de comprensión fenomenológica del individuo con respecto a su perímetro existencial inmediato. La información mal argumentada intenta actuar como nodriza del “status quo” en función de urdir una elaborada tramoya que soporte la mentira. Esta es una sombría faceta del conocimiento, ni el pleno mediodía ni la noche entera, es el germen del dimorfismo atávico entre ciencia y religión, la oposición tautológica y eterna entre el bien y el mal; y es precisamente esta razón la que determina que nuestra relación con la cultura de masas sea, en sí misma, infinita. Infinita y perversa, porque no puede existir conclusión o certidumbre, y mucho menos paz, en el sitio exacto en donde la estructura misma de la comunicación ha fundado el reino de la perplejidad, la incongruencia y el ocio. Nunca antes ha parecido tan cierta la afirmación de que los hombres “somos” en el hecho puramente banal. Y aquellos que “informan” saben muy bien de que hablo. En los días que corren, lo irresoluto “es”.



Nuestra relación en tanto consumidores con el mundo real, con la política, con la historia y la cultura, no tiene que ver ya con el interés específico, la inversión, el deber o el compromiso, sino con un tipo enfermizo de curiosidad. Debemos experimentar “todo”, de hecho, el hombre, como cabeza y cola de la sociedad de consumo, se encuentra atormentado por el miedo a “perderse” de algo, cualquier placer, sea el que fuere. Al parecer, ya no se trata de la influencia de los mecanismos inherentes al deseo, o de la simple fascinación por la cosa-en-sí-misma, o quizás no sea ya una inclinación particular lo que este en juego: se trata más bien de una curiosidad generalizada motivada por un genuino sentimiento de ansiedad ampliamente esparcido, una ansiedad omnipresente que coloca al hombre en un permanente estado de crispación e incertidumbre, siempre atento, siempre listo para recoger señales del mundo exterior. Invariablemente, esto lo mantiene inserto en un compás de zozobra e inseguridad en cuanto al correcto desciframiento de cada uno de estos códigos y signos que hipotéticamente le permitirán afinar a posteriori sus patrones de conducta y socialización. Ya no se trata de la ansiedad básica motivada por el temor al trauma, debida a la convicción de que el mundo exterior es fundamentalmente hostil con respecto al individuo. Ya no es más el estado mental de aquel que vive en la constante expectativa del peligro: es la ansiedad de sentirse “a punto de”, pero solo “a punto de”—finalmente— aferrar el objeto del deseo, el significado de la vida, las reglas del juego.
La historia demuestra que la relación del hombre con su entorno ha sido siempre la de dos extraños unidos en el interés por el tormento, sumidos en la dulce ignorancia de sus propias naturalezas; los enfoques sistémicos o procesales en auge que pretenden dar nuevas luces sobre la estructura poiésica de los sistemas vivos, en su intento estéril por otorgar sentido a algo que no pretende tenerlo, han obligado a las ciencias puras a banalizar en igual medida sus paradigmas, maquillando la complejidad de sus sincronismos con ese tinte políticamente correcto tan sospechoso que esgrime una moral holistica como principal bandera del nuevo orden. La charlatanería espiritual y exotérica pretende usurpar el nicho que antes ocupara la religión (en este caso debe hablarse de suplantación por incompetencia) al nutrir la confusión y el desorden filosófico en el interior de este organismo social estructurado en supuestas “capas” o “redes” epistemológicas profusamente imbricadas, tanto en sus inútiles solapamientos como en sus digresiones, y evidenciando lo terminal de su cataclismo moral en la reiteración febril de las paradojas. Basta recordar que con la muerte del idealismo positivista entraron también en metástasis acelerada tanto el cuerpo ético de la sociedad occidental como los juicios estéticos esenciales sobre el arte y su papel transformador —la crisis de la fe— y este proceso, fascista por definición, ha excretado una nueva forma de revisionismo con fecha de caducidad que, apenas recién nacido, ya incurre en el error metodológico de pretender asociar arbitrariamente las diversas partes y propiedades de las cosas y fenómenos, siendo incapaz de discernir los lazos intrínsecos del objeto mismo o de un evento dado en relación con su realidad ambiental e histórica (el hombre es y seguirá siendo, el mismo y su circunstancia).
Cualquier intento por desentrañar alguna verdad, absoluta o relativa, en relación con la interdependencia “ser humano - cultura de masas”, debe necesariamente pasar por la comprensión de que todo aquello que entendemos ontológicamente por “mundo”: Universo, familia, Dios, mercado, comunicaciones, realidad, arte, sueño, moda, etc., todo es producto de un mero juego de representación indisolublemente ligado a significados tanto sociales como semánticos. El metalenguaje codificado de esta puesta en escena se encuentra dominado generalmente por un clima de frustración soterrada que se enrosca sobre sí mismo, desatando una cadena laberíntica de antagonismos que nutren la hipocresía, la mediocridad y el culto descarado por una doble moral cobarde y pendenciera: aquello que vincula masivamente por desgracia aísla individualmente (Mc.Luhan dixit), quien no lo entienda, esta perdido. Los contenidos primordiales de la cultura tienden a disolverse sin remedio, y la oposición visceral entre sistemas de valores contradictorios, que hasta hace poco podía parecer un asunto bizantino, cobra sentido ante un nihilismo no concientizado que se acerca mucho a la estupidez. La incomprensión de las categorías filosóficas y de los fenómenos dialécticos que componen el estado actual de nuestra existencia se generaliza cada día más en este mundo donde el cielo y el infierno parecen tener su precio marcado de antemano, código de barras incluido. Aparentemente es lícito humillar y ofender si antes se ha pagado, y tanto la sutil reserva de dominio ejercida solapadamente sobre otros como el derecho de pernada intelectual, son parte de este pseudo-discurso antinómico que fracasa al intentar determinar los límites posibles de nuestro espectro de acción como seres humanos dotados de una conciencia introspectiva. Mientras esto sucede, nos resguardamos cómodamente tras el olvido sistemático de nuestra herencia y nuestros valores inmanentes en aras de un planeta “globalizado,” que por ahora solo promete estar lleno de aire caliente; y enfrentamos lo inefable armados de un cinismo dogmático, ocultándonos tras el subterfugio de sus crueles aforismos. Sacrificamos el poder asociativo de nuestra inteligencia ante la unificación de criterios en franca involución y creemos haber hallado la paz del espíritu cuando lo que hemos hecho es desarraigar a nuestro espíritu de su propia naturaleza. La estupidez humana es el hidrógeno en estado puro que llena los compartimientos de este gigantesco dirigible que es el mundo, y todos vamos dentro, blandiendo orgullosos nuestros relucientes encendedores de alta llama, fumando alegremente un último cigarrillo.
Los mecanismos reaccionarios que sirven de premisa a esta sub-cultura de la inmediatez fundamentan su decadencia en la patética entropía de los fenómenos que la caracterizan, tercamente dirigidos hacia el anquilosamiento y la inercia, y en la escasez preocupante de contenido tras la mayoría de sus manifestaciones externas. Y es allí donde la más negra reacción encuentra su mejor caldo de cultivo: forzados a estigmatizar aquello que denominamos “cultura” —e inclusive el más puro y básico “entendimiento”— como condiciones “extraordinarias” dentro del marco de referencias experimentales que componen nuestro hecho cotidiano; habituados como estamos a la mediocridad, procedemos a calificar negativamente todo aquello —gente, situaciones, cosas, imágenes, pensamientos— que no cumple con nuestras expectativas alienadas de lo que debería ser el mundo. Y es justo allí donde pisamos el terreno del enemigo y en donde la filosofía se declara incapacitada para resolver la paradoja fundamental —implícita por demás— entre la crudeza de nuestros procesos vitales y el bastión de resistencia compuesto por los fantasmagóricos paradigmas morales, éticos y estéticos que enarbola la sociedad. La estandarización de los criterios y la vulgarización subsecuente de la dependencia funcional entre los contenidos abstractos y las propiedades de los fenómenos no arroja parámetros efectivos de relaciones entre esa “fábrica de espejos del discurso” tardo-moderno, y el tropismo viral dirigido hacia un bien mayor que caracteriza la experiencia vital.
Solo basta aguardar la chispa redentora, la esquirla ardiente que desate el infierno existencial y que haga inplosionar en mil guerras intestinas este esqueleto de metal herrumbroso que llamamos cultura, oculto tras la fulgurante piel cromada del titanio pulido por la garra enguantada de los cobardes.




® Sergio Márquez.
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