13 de marzo de 2011

                                                                          
                                                                        El Crack



Ha comenzado.
Resiento la tardía urgencia por los caracteres secundarios de mi niñez:
El olor verde oscuro de un pasillo tapizado en lana con almizcle a sombra de jabillos,
el crepitar de un zinc humeante perforado por el granizo,
el incienso de la madera quemada contra el esmeril.
Todas ellas cosas mínimas, inescrupulosas.
Traicioneras emisarias mercuriales de un pasado cercano hedióndamente propenso al extravío, como el brinco de la bicicleta sobre la calzada fracturada de Los Próceres o la gragea de azogue resbalando sobre la palma de la mano, ponzoñosa lágrima de soborno tras el suplicio premolar.
Como la avenida Buenos Aires.
Como La Tivoli, Taco’s o El Crack.
Como mis dibujos de jaguares iracundos evacuando heces de fuego radiactivo.
Como Fabio y Sandro en ruta hacia la Colonia Tovar.
Todas cosas destinadas a desaparecer, borrosas bajo las lechadas turbias del alcohol y el arregosto tenebrista de la sinapsis. Todas a veces como ratas, abandonando el barco sin quererlo abandonar.
Porque al fin y al cabo, todas esas cosas, jamás llegaron con intenciones de partir. 
Son huéspedes que avanzan, suplantando a todos los demás, 
por razón de ineptitud o falta de gancho espiritual.
Ya no escojo lo que recuerdo:
todas estas caras-cosas-sonidos-olores, se han apoderado de mi.
Ahora,
soy su siervo.

® Sergio Márquez.
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