10 de noviembre de 2010

                                                                        
                                                                    AUTOPISTA

       Sentía el estruendo sincopado de los motores palpitándole en los ganglios. La soga intravenosa del tráfico le recorría las arterias con su torrente imantado de cortantes limaduras. Tres horas en una sola cola eran demasiadas para un cobarde que no había dormido en dos días, dos días y una noche entera tratando infructuosamente de abrir aquel sobre amarillo en una pensión sin aire acondicionado en Macuto, sudando y odiando al mar por no poder dejar de verlo. Ahora subía al encuentro con la ciudad, la ciudad que tras los cerros abría sus piernas como una aullante loba ofrecida. Apenas cruzó en su taxi que-alguna-vez-fue-blanco la garganta resbalosa de los túneles de La Planicie, se incorporó sin remedio a la serpiente mecánica formada por miles de automóviles recalentados que penetraban a una Caracas húmeda de asfalto. Tres horas petrificado en un limbo de monóxido, tres horas sin saber que coño pasaba allá adelante, sin entender la razón de este suicidio colectivo. Era como si algo horrible germinara desde el interior de cada vehículo, creciendo gozoso, extendiendo su metálica enredadera de rencor por sobre las ingrávidas bandejas de hormigón armado de la autopista. 
      El pulpo, la araña, el ciempiés: enroscadas carreteras flotantes bautizadas con nombres de animales monstruosos, insectos enormes caracoleando sobre si mismos, moluscos copulando en cada uno de sus rizomas, en cada voluta gris de sus distribuidores. Ya el miedo acariciaba la transpiración de las carrocerías, afuera la llovizna olía a oxido, y se le antojó que aquel era el momento perfecto. Perfecto para terminar lo que no pudo empezar en aquella sucia habitación de Macuto. Apagó el carro, despegó (literalmente)  las manos del volante y abrió el sobre de manila arrugado: adentro esperaba, dormido, el hierro de sus deseos, la punta roma que acabaría con la culpa, con el tráfico eterno de esta chivera en lento movimiento, la bala que le bajaría de una vez por todas el volumen al zumbido insoportable de esta mierda de ciudad. La empuño con la derecha, observó por última vez el escarpín y la foto de su chamo colgando del retrovisor y apoyó el cañón contra la sien. Con la izquierda desempañó el parabrisas para ver mejor el Parque Central y su torre chamuscada, para quedarse con aquella postal del infierno como último souvenir de la miseria. 
        Y entonces la vio. Allí estaba, materializada desde el smog, era ella, aparecida desde la sucia nada: La Santísima Virgen María. No sabía cual Virgen era, si la de Coromoto, si la de Fátima, pero aquella madonna de los mal nacidos flotaba sobre el río putrefacto, levitando entre los corredores viales, ella, vibrante de colores, envuelta en nubes de formaldehído, una estatua viva que se acercaba cada vez más a él, arropándolo en su infinita misericordia. 
      Soltó el arma y se restregó los párpados inflamados, solo para desnudar la verdadera causa de su epifanía: un buhonero-equilibrista caminaba sobre una tubería, salvando sin esfuerzo aparente el abismo labrado por el río, mientras balanceaba una gran virgen de yeso sobre su cabeza. Bajó el vidrio, le hizo señas al vendedor de santos y regatearon el precio de La Virgen de la Autopista.

― ¡Te la dejo barata mi tío, treinta lucas pa’que te la lleves ya!
― Te doy veinte hermano… y este sobre de manila… 

® Sergio Márquez.

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