Artie debía dinero. Más dinero del que podía o quería pagar, mucho más del necesario para evitar que la diabetes devorara una de las piernas de su hermana Lucy o para llenar la despensa con otra cosa que no fuera bourbon. Artie debía mucho dinero a hombres muy malos, y tarde o temprano debería pagar por ello. Pero Artie, como muchos que han aprendido a deber sin desarrollar cargo alguno de conciencia, pensaba menos en sus deudas que en si mismo (como si ellos y sus deudas no fuesen, poco a poco y lentamente, convirtiéndose en uno solo) Artie solía dilapidar su poquísima fortuna, ganada a fuerza de trasnochos y repique de baquetas, en sus dos únicas perversiones: baterías y bondage. Artie amaba hacer retumbar su colección de baterías cubierto en látex líquido negro, mientras tocaba "The Monster" -un compás al estilo de Buddy Rich, otro compás al de Krupa- sin poder ver y conteniendo agónicamente la respiración bajo el giganteco preservativo de cuerpo entero. Los hi-hat escobillados eran su fuerte, así como también le gustaba que fuerte y a contratiempo repiquetearan los látigos sobre sus nalgas y su espalda, cuando Mistress Dora, la Art Blakey de la sumisión, lo convertía en su redoblante de carne y hueso.
Los percusionistas del horror tocaron un día a la puerta de Artie, cuando ya no quedaba nadie a quien acudir, cuando las deudas ya no podían pagarse con otra cosa que no fuese sangre enrarecida. La jeringa en su brazo le anudó la lengua, mientras los verdugos virtuosos, a tiempo de swing , lo fueron tañendo como a un vibráfono hasta partirle todos los huesos del cuerpo. El movimiento final de estos estilistas encargados de cobrar, con bombos y platillos, el olvido monetario de Artie, consistió en un pasaje digno de ser registrado para siempre en la historia negra del jazz: con una horca formada por varias cuerdas de contrabajo (La Corbata Mingus, así la llamaban) lo colgaron del techo de vigas metálicas, le quitaron las medias húmedas, colocaron tres velas en el piso, y sobre ellas, un redoblante sin bordones. Lo suspendieron, obligándolo a posar las plantas desnudas de sus pies sobre el templado cuero, cada vez más caliente, cada vez más permeable a los baquetazos del infierno. Los pies de Artie percutieron su postrero y más genial solo de batería sobre esta tierra, confundido entre el placer y el dolor últimos, pensando en Mistress Dora, y en como solo dos compases de cuatro cuartos son suficientes para decirlo todo.
Artie terminó saldando sus deudas con la vida como siempre quiso hacerlo, tocando la batería, de ser posible, hasta la muerte.
® Sergio Márquez.



1 comentarios:
Excelente, bróder. Lo de la corbata Mingus, una belleza.
Salud
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